El desarrollo y la generalización de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en nuestra sociedad ha conllevado importantes cambios a nivel individual, social y económico. Son numerosos los beneficios surgidos a raíz del desarrollo de estos nuevos recursos que han posibilitado nuevas vías para el acceso a la información, la comunicación y la creación de entornos sociales.

Aunque la mayor parte de los individuos hacen un uso positivo y saludable de estos recursos, las pruebas empíricas disponibles hasta el momento han puesto de manifiesto la aparición, en algunos de ellos, de un patrón de uso problemático que ha sido asociado con distintos riesgos y consecuencias negativas y que podría conceptualizarse como una nueva adicción conductual/tecnológica. Tal patrón se caracteriza por una pérdida de control sobre la conducta de uso y un fuerte impulso para llevarla a cabo a pesar de las consecuencias perjudiciales derivadas de la misma que podrían afectar al ámbito interpersonal, económico, laboral y/o académico.

A este respecto, el uso desadaptativo de las TIC constituye un patrón de conducta que parece estar afectando cada vez a más personas y que mantiene características similares a otras adicciones conductuales y a las adicciones químicas. Asimismo, la pérdida de control sobre las mismas puede conducir al desarrollo de otras adicciones como el juego patológico, las compras compulsivas, la adicción al sexo o la aparición de parafilias. Estas conductas adictivas se ven favorecidas por la facilidad de acceso, la inmediatez y, en algunos casos, el anonimato que proporciona este tipo de dispositivos.

 

Adicción al teléfono móvil e Internet

La utilización de teléfonos móviles es, sin duda, uno de los comportamientos más extendidos en el momento actual, por lo que la identificación y el diagnóstico de aquellas personas que mantienen un uso abusivo de ellos es uno de los grandes retos de la psicología clínica. El número de personas que reconocen ser dependientes de este recurso es cada mayor, y desde un punto de vista clínico, es especialmente relevante atender a una serie de factores o componentes adictivos específicos del teléfono móvil a la hora de conceptualizar y diseñar un programa de intervención.

De entre ellos, los más importantes son: a) la función comunicativa, puesto que genera continuas recompensas al ofrecer la posibilidad de mantenerse constantemente informado y en contacto con otras personas, recibir estímulos de todo tipo o llamar la atención de cualquier persona del entorno, todo ello en tiempo real y con absoluta inmediatez; b) las características físicas de los terminales que son diseñados con el fin de posibilitar una gama intensa y amplia de estímulos agradables que incrementa la posibilidad de hacer un uso cada vez más frecuente del terminal (p. ej., personalización de llamadas a través de tonos musicales susceptibles de ser renovados en cualquier momento y los dispositivos de carcasas y complementos cada vez más elaborados y percibidos como muy agradables por los usuarios); c) la posibilidad de emplearse como vía de acceso y soporte para el desarrollo de otras conductas adictivas lo que hace más compleja la intervención en estos casos puesto que el teléfono móvil se configura como un elemento adictivo móvil que puede, si no se tiene en cuenta, obstaculizar el uso de estrategias terapéuticas como el control de estímulos o la prevención de respuesta y, d) la obtención demorada de las consecuencias negativas de su uso.

En la actualidad, hay que tener en cuenta que el uso abusivo de los estos teléfonos móviles “inteligentes” (smartphones) conlleva también un acceso directo, ilimitado y en cualquier lugar a Internet. Las características clínicas de aquellas personas que realizan un uso patológico de Internet, sin que esté relacionado con aspectos laborales o académicos, pueden resumirse en: a) el empleo de un tiempo excesivamente prolongado que oscila entre las cuatro y las ochenta horas a la semana con sesiones que pueden prolongarse hasta las veinte horas; b) la alteración de los patrones del sueño; c) el uso de estimulantes con el fin de prolongar las sesiones de conexión; d) la presencia de fatiga excesiva; e) el deterioro del rendimiento académico o laboral; f) la ocultación del comportamiento adictivo y, g) un mayor número de problemas de salud (p. ej., síndrome del túnel carpiano).

El mantenimiento del uso compulsivo de Internet tiene también consecuencias clínicas importantes asociándose con el aumento del aislamiento social, al fracaso académico o laboral, a la presencia de trastornos del estado del ánimo, al incremento de problemas familiares y al incremento de deudas derivadas de la participación del usuario en juegos de azar, compras o videojuegos por Internet.

 

Adicción a las redes sociales

El uso problemático o compulsivo de las redes sociales, tales como Instagram, Facebook, X (antes Twitter), o TikTok, entre otras, se ha conceptualizado como un subtipo específico de “adicción a Internet”. Específicamente, la adicción a las redes sociales se caracteriza por la dependencia de este tipo de aplicaciones, la necesidad de consultarlas continuamente y el miedo a perderse cosas o quedarse fuera de la conversación social online. Este último aspecto se ha sido denominado FOMO por sus siglas en inglés (“fear of missing out”), ha sido ampliamente investigado y se caracteriza por el malestar significativo que sienten las personas cuando perciben que están perdiendo experiencias, eventos o interacciones en redes sociales.

Los indicadores más frecuentemente señalados como característicos de esta problemática según la investigación previa. El primero de ellos es el conflicto, que se refiere a consecuencias negativas relacionadas con el uso que afectan a la persona y a su entorno interpersonal. Otro indicador común es la preocupación o centralidad de la actividad en la vida del individuo, por la que el uso de las redes sociales domina sus pensamientos, emociones y comportamiento. La pérdida de control y la abstinencia también son características clave, refiriéndose la incapacidad para regular el acceso a las redes sociales y el malestar experimentado cuando se reduce o detiene repentinamente la actividad en estas plataformas.

La regulación del estado de ánimo asociada al uso de las redes sociales también se destaca como un indicador relevante, ya que la persona experimenta cambios emocionales como resultado de su actividad en las redes, usándolas a menudo para reducir sentimientos de aislamiento o malestar emocional (lo cual funciona como refuerzo negativo). Otros indicadores incluyen la recaída y la tolerancia: los esfuerzos por reducir el uso de las redes sociales son infructuosos y se requiere un uso cada vez mayor para obtener los mismos efectos, respectivamente.

Todo ello puede dar lugar a una sensación de aislamiento, manifestada en cambios en el estilo de vida para dedicar más tiempo a las redes sociales y la pérdida de interés en otras actividades recreativas. De hecho, la persona puede llevar a desarrollar una preferencia por las relaciones a través de redes sociales, caracterizada por la creencia de que estas son más seguras, cómodas y menos amenazantes que las interacciones cara a cara. En su contexto social, la persona puede emplear el engaño para encubrir sus comportamientos relacionados con las redes sociales ante otros, como familiares, amigos o parejas.

Muñoz-Rivas, M. J., Redondo Rodríguez, N., Fernández, L. y Gámez-Guadix, M (2024). Las nuevas adicciones: adicciones conductuales. En V. E. Caballo, I. C. Salazar y J. A. Carrobles (dirs.), Manual de psicopatología y trastornos psicológicos (pp. 638-649). Madrid: Pirámide.